Que los sentimientos amorosos no se forman en el corazón sino en el cerebro, es algo que la ciencia ha demostrado hace tiempo. ¿Pero dónde exactamente? Científicos de la Universidad de Concordia, en Canadá, han dado con la respuesta. Y aseguran que prácticamente coincide con el área cerebral donde reside el deseo sexual.

Concretamente, a partir de diversos estudios independientes que examinaban la actividad cerebral de distintos sujetos mientras observaban imágenes eróticas o fotografías de sus seres queridos, Jim Pfaus y sus colegas han llegado a la conclusión de que tanto el amor como el deseo sexual activan áreas del núcleo estriado y de la ínsula. Sin embargo, las neuronas que se estimulan son ligeramente distintas. La región activada por el deseo sexual es la misma que se pone en marcha ante estímulos que causan placer inmediato como el sexo y la comida. Sin embargo, el área vinculada al amor está implica en procesos de condicionamiento mediante los cuales a aquellas cosas que nos generan una recompensa se les atribuye un valor, convirtiendo el deseo en amor.

Además, el amor activa también rutas en el cerebro que están involucradas en la monogamia. «Mientras el deseo sexual tienen un objetivo específico, el amor es más abstracto y más complejo, y no depende tanto de la presencia física de la persona hacia quien se profesa», aclara Pfaus, que añade que el amor es un hábito, «aunque no malo», que nos vuelve «cerebralmente adictos».

¿Qué pasa por nuestro cerebro cuando nos gusta alguien? ¿Qué partes del cerebro intervienen cuando ves a la persona que te gusta?  «En el enamoramiento, tras el impulso emocional del inicio, se ponen en marcha los circuitos cerebrales de la confianza para consolidar el vínculo amoroso, y se silencian específicamente las áreas que crean distancias, aquellas que se activan en estados depresivos o de tristeza», asegura Natalia López-Moratalla, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Navarra. «Diálogos y silencios entre las neuronas atan a los enamorados por una doble vía: atrayéndoles al activar la vía de la recompensa emocional, y superando las distancias personales al desactivar la desconfianza», explica la experta.

La visión, la voz o el intelecto de la otra persona juegan un papel importante. En este proceso la vista, además de la voz o el intelecto, juega un papel importante: «Ver el rostro de la persona enamorada es importante para despertar y mantener el enamoramiento, ya que provoca una serie de emociones positivas que le llevan (a la persona enamorada) a empatizar, conocer los sentimientos e intenciones y ajustar las respuestas.», asegura la experta. Y, además, como dice el refrán, «el amor es ciego, porque esa emoción oculta los defectos del otro, acerca el uno al otro y hace desaparecer las distancias creando confianza».

«Gustar» y «querer»

Sin embargo, esta etapa de obnubilamiento debe dar paso a la claridad del amor, y no todas las culturas lo experimentan de la misma manera. Un vídeo de la Universidad de Navarra ha permitido confirmar que el «gustar» y el «querer» se procesan de forma separada en dos áreas del cerebro. Los orientales, por muy enamorados que estén, sopesan la relación con más cuidado, y toman en cuenta aspectos negativos más fácilmente que los occidentales. «Las bases biológicas del enamoramiento son universales pero las tradiciones, como los matrimonios concertados por la familia, influyen en la evaluación que el cerebro hace de la recompensa», afirma la experta de la Universidad de Navarra.

En cuestión de sexos también hay diferencias. Como afirma la catedrática «los estudios realizados indican que las mujeres emplean más la oxitocina, la hormona de la confianza, que además aumenta su nivel con el contacto físico y la mirada. Domina la empatía emocional. Por el contrario, -añade-, los hombres usan más la vasopresina, que potencia la testosterona y facilita una empatía más racionalizada, y aumenta la detección de estímulos eróticos».

Igualmente, la manera de afrontar los celos es distinta según el género. López-Moratalla lo resume del siguiente modo: «El cerebro femenino ante una situación de peligro de la relación muestra el pánico y la inseguridad de ser desplazada emocionalmente. Sus niveles de oxitocina facilitan una cierta tolerancia espontánea por la traición sexual. En los varones, en cambio, se activan las áreas relacionadas con conductas agresivas y sexuales». Y concluye: «La vasopresina tiene el efecto opuesto a la oxitocina: conecta las áreas del juicio y la emoción negativa, rompiendo la confianza y fomentando el deseo de confrontación física. La conducta se torna a violenta especialmente si despierta la infidelidad sexual de su pareja».

Dr. José Mazón, Neuropsicólogo del IVANN

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