Cuándo el agobio por los estudios deja de ser normal
Octubre es el mes en que el curso ya ha cogido ritmo: llegan los primeros exámenes, los trabajos y las comparaciones entre compañeros. Y con ellos, una frase que muchas familias escuchan en casa: «No puedo más», «me va a salir fatal», «me duele la tripa y no quiero ir». Sentir nervios antes de un examen es normal. Lo que conviene saber es en qué momento esos nervios han dejado de ser una reacción útil y se han convertido en un problema que merece atención.
Según el último Barómetro Sanitario, casi uno de cada cinco españoles ha necesitado atención por problemas de salud mental en el último año. La ansiedad es una de las principales razones de consulta, y en la adolescencia suele pasar desapercibida porque no siempre se parece a lo que imaginamos.
Estrés normal frente a ansiedad que necesita ayuda
La ansiedad es una alarma natural del cuerpo: nos prepara para afrontar un reto. Antes de un examen, un poco de activación incluso ayuda a rendir. El problema aparece cuando la alarma suena demasiado fuerte, demasiado a menudo o sin una causa clara, y empieza a limitar la vida del chico o la chica.
Una buena pregunta para distinguirlo es esta: ¿el malestar es proporcionado a la situación y desaparece cuando esta pasa? Si es así, probablemente sea estrés puntual. Si dura semanas, aparece «por todo» o le impide hacer cosas que antes hacía, conviene fijarse más.
Señales que no siempre se reconocen
Los adolescentes rara vez dicen «tengo ansiedad». Lo habitual es verla en forma de:
- Síntomas físicos: dolores de cabeza o de estómago frecuentes, náuseas, tensión muscular, palpitaciones o sensación de ahogo sin causa médica.
- Cambios en el sueño: dificultad para dormirse, despertares nocturnos o, al contrario, dormir muchísimo y aun así levantarse agotado.
- Irritabilidad: respuestas bruscas, enfados desproporcionados o llanto fácil.
- Evitación: excusas para no ir a clase, no entregar trabajos, dejar actividades o quedarse siempre en casa.
- Perfeccionismo extremo o bloqueo: pasar horas con una tarea sin avanzar o tener miedo constante a equivocarse.
- Dificultad para concentrarse: la mente está ocupada anticipando lo peor, y eso se confunde fácilmente con falta de atención (algo que ya comentamos en «Mi hijo no atiende en clase, ¿falta de atención?»).
Muchas veces lo que parece pereza o procrastinación esconde miedo. Si quieres profundizar en esta frontera entre dejarlo para después y bloquearse por agobio, tienes una guía práctica en el blog de nuestra compañera pedagoga: Procrastinación al estudiar en la adolescencia.
Qué puedes hacer en casa
- Escucha antes de solucionar. Evita el «no es para tanto». Una frase como «Veo que estás agobiado, cuéntame» abre más puertas que cualquier consejo.
- Cuida lo básico. Dormir bien, comer con regularidad y moverse a diario reducen la activación del cuerpo. Los cambios de horario también influyen: ya vimos cómo afectan al ánimo en nuestro artículo sobre el cambio de hora.
- Divide las tareas grandes. Un examen entero abruma; veinte minutos de repaso de un solo tema, no. Planificar con ellos reduce la sensación de descontrol.
- Enseña a respirar. Inspirar por la nariz en cuatro tiempos y soltar el aire despacio en seis ayuda a bajar la tensión en pocos minutos. Practícalo cuando estén tranquilos, para que les sirva cuando lo necesiten.
- Limita la pantalla nocturna y las comparaciones. Las redes sociales alimentan la sensación de no llegar.
- Predica con el ejemplo. Los adolescentes aprenden cómo se gestiona el estrés viendo cómo lo gestionamos los adultos.
Cuándo es momento de pedir una valoración
Conviene consultar con un especialista si el malestar dura más de dos o tres semanas, interfiere en el colegio, las amistades o el descanso, si hay rechazo a ir a clase, ataques de pánico, o si notas un cambio claro respecto a cómo era antes. También si, como familia, sientes que ya no sabes cómo ayudar. Pedir ayuda pronto no es exagerar: es la manera más eficaz de que el problema no se haga más grande. Si quieres conocer otras señales en edades más tempranas, puedes leer Salud mental en la infancia: señales de alerta para padres.
Una valoración psicológica y neuropsicológica permite entender qué está pasando, descartar otras causas (como dificultades de atención o de aprendizaje que generan frustración) y diseñar un plan a medida, con herramientas concretas para el adolescente y pautas para la familia.
Si crees que tú o alguien de tu familia podría beneficiarse de una valoración, en el IVANN contamos con especialistas en Psicología Clínica infanto-juvenil y Neuropsicología. Pide cita en ivann.es o llámanos al 96 344 44 10.

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