En ocasiones los niños pequeños se sienten frustrados, enfadados o desilusionados por algo que esperan y no llega. A veces son necesidades fisiológicas sin cubrir, como el sueño o el hambre, las que hacen que el niño exprese su malestar a través de la pataleta, el llanto o los gritos.

Ante la explosión de una rabieta, muchas veces inesperada, los padres pueden verse desbordados, bien porque dicha situación sobrepasa su paciencia, bien porque ocurre en un lugar socialmente comprometido, o bien porque desconocen las causas o las estrategias para hacerles frente y resolverlas de forma eficaz. En esta situación, los padres con frecuencia pueden sentirse incapacitados, incómodos o incluso enfadados con el niño o la niña.

Un aspecto central en su abordaje es conocer que las rabietas forman parte del proceso de desarrollo normal infantil. Casi todos los niños presentan rabietas entre los 2 y los 3 años (etapa en la que están adquiriendo las habilidades lingüísticas), tendiendo a desaparecer entorno a los 4 años, conforme los niños van adquiriendo habilidades de auto-control emocional y comportamental.

En su desarrollo normal como individuo, el niño debe ir ganando en independencia y autonomía; además debe aprender a ser consciente de sus necesidades y a expresarlas de forma adecuada, sin rabietas ni llamadas de atención. Ha de aprender estrategias pro-sociales alternativas (esperar, negociar, pedirlo asertivamente, etc.). Un aprendizaje de vital importancia para regular sus emociones, desarrollar la tolerancia a la frustración y saber afrontar los “noes” o las adversidades de la vida.

¿Cuáles son las causas de la rabieta? Aunque las causas pueden ser diferentes en cada niño, entre las más frecuentes se encuentran las siguientes:

– No poseen el lenguaje suficiente para expresar sus necesidades, sus sentimientos y sus deseos.

– No tienen las necesidades fisiológicas satisfechas, tales como cansancio, hambre…

– Sienten frustración, tristeza o simple incomodidad o malestar.

– El niño ha aprendido a obtener lo que desea (beneficios o salirse con la suya) a través de las rabietas, debido a experiencias anteriores en las que recibió alguna recompensa como consecuencia de las mismas.

¿Cómo se mantiene la rabieta?

En ocasiones las rabietas van más allá de esos 4 años, pudiendo perpetuarse la aparición de una conducta desafiante o, en el peor de los casos, de un trastorno de conducta. La consecuencia que tenga la conducta del niño va a determinar si esta se repetirá o no. De esta manera, si a un niño se le concede todo a consecuencia de las rabietas, aprenderá a utilizarlas para hacer cumplir sus deseos. Para un niño pequeño el tener la atención de los mayores es algo muy gratificante, y si no consigue esa atención por las buenas, será capaz de llorar, pegar, mojar la cama, romper cosas… lo que sea, con tal de conseguir que se le preste atención y/o obtener otro tipo de beneficios. Con frecuencia el niño aprende fácilmente que ante una fuerte rabieta el adulto acaba por acceder a sus deseos; solo es cuestión de insistir en la rabieta.

Para optimizar el papel de las rabietas dentro del proceso de desarrollo normal del niño, hemos de ser conscientes de su gran valor como “oportunidades de aprendizaje”, permitiéndole cada rabieta la adquisición de competencias propias de la inteligencia emocional como el autoconocimiento y el control emocional, la empatía, las habilidades sociales o la tolerancia a la frustración. Habilidades de gran valor para el bienestar personal y el adecuado ajuste social.

A continuación se describen algunas estrategias para manejar las rabietas:

¿Cómo prevenir una rabieta?

1. Evitar el “no” ofreciendo alternativas, fomentando su autonomía y reduciendo sus sentimientos de frustración.

2. Poner límites y normas claras y coherentes, acordes con la edad. El niño ha de saber que mediante pataletas, gritos, lloros, etc., nunca va a conseguir lo que pide. El niño ha de aprender que un “no” significa un “no” y no “a veces sí y otras no”.

3. Anticipar los momentos cumbre sueño, hambre, malestar físico.

4. Educar diariamente en el manejo de las emociones, principalmente de la rabia.

5. Reforzar conductas alternativas: cada vez que el niño pida algo de forma adecuada (sin lloros, sin gritos,…) se le reconocerá con gestos y palabras.

6. Si se detecta que está a punto de producirse una rabieta, se ha de distraer al niño enfocando su atención hacia otra cosa.

¿Cómo detener una rabieta una vez iniciada? Para ello podemos utilizar las siguientes técnicas de modificación de conducta:

– Extinción: no prestar atención a la conducta perturbadora. Mostrar indiferencia, pues el niño está tan alterado que cualquier intento de hablarle no servirá de nada. Cuando el niño cese con su rabieta hablar con él y reforzarlo por haberse tranquilizado.

– Acompañarlo con la presencia hasta que desaparezca su conducta (no castigar)

– Proteger (del daño a sí mismo o a los demás)

– Si el niño está haciendo algo peligroso o destructivo o causando un escándalo público lo mejor es cogerlo o abrazarlo y apartarlo del lugar donde está.

– Es importante no perder el control de la situación, ni la calma. No enfadarse, no gritar, no amenazar.

– Mostrar firmeza y darle el tiempo y el lugar necesario para que se recupere.

– Dejar que exprese sus sentimientos y validarlos (“veo que estás muy enfadado”…).

¿Qué hacer una vez finalizada?

– Hablar con él, dándole seguridad y afecto, pero no recompensarlo con premios (golosionas, juguetes, etc.) si se porta bien, pues esto le confundirá y aprenderá que rabieta = premio.

– Comentar lo ocurrido, dándole seguridad y hablando de sus sentimientos y de cómo evitar situaciones futuras similares.

– Enseñar otras formas alternativas de expresar la rabia.

– Validar sus emociones.

Referencias bibliográficas:

· Jové, R. (2011). “Ni rabietas ni conflictos”. Ed. La esfera de los libros

· Redondo Gómez, S. (2014). “Rabietas”. Ed. Takatuka

Por Dra. Segunda Sánchez Lorente

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